Indigencia, el fantasma de la peor cara de la pobreza

Hoy en día para nadie es una sorpresa ver a personas en situación de calle durmiendo, comiendo “algo”, lavándose como se pueda y en donde se pueda, pidiendo dinero o vendiendo dulces, parche puritas o lo que sea para conseguir algo de sustento.

Ahora bien, la frase “para nadie es una sorpresa” es mi opinión, uno de los elementos del problema, recuerdo aquellos reportajes que abordaban la cuestión de la indigencia, por ejemplo, “los niños del Mapocho” o aquellos relativos la pobreza de las familia que vivían en los campamentos de ciertas comunas que no voy a mencionar para no seguir aportando a la estigmatización de las personas que viven ahí. Lo anterior me evoca o me sabe temas muy noventeros que trataban latamente los programas “Aquí en vivo” o “Informe Especial”, cuyos periodistas iban a ciertos sectores de la región metropolitana a compartir y vivir con aquellos miserables que no tenían ni techo ni vivienda, constituyéndose así uno de los primeros reality show que recuerde.

No quiero que lo anterior se lea como una crítica, sino más bien como un mal muy necesario, porque la exposición de dichas situaciones, para bien, hacía que el televidente (por a lo menos unos minutos) se pusieran en el lugar de aquellas personas carentes y desposeídas.

Punto aparte es la caricaturización que ciertos personajes hacían y lamentablemente hacen de sus supuestas buenas intenciones. A los famosos les faltaba poco para convocar puntos de prensa con el fin de que todos viéramos las buenas personas que eran, mostraban por la televisión cuando repartían el pan y hablaban (obviamente desde una muy buena distancia) con los ayudados. En el presente y gracias al avance tecnológico no necesitamos ser famosos para mostrar a la audiencia lo buena personas que somos, basta con una foto y post que diga “Aquí ayudando al caballero de la calle” para ganarse ese pedacito de cielo y la aceptación de la comunidad virtual.

Ya no somos empáticos con la indigencia porque no la vemos, o peor aún hacemos que no la vemos, porque ya no nos molesta, no nos incomoda. Pero ahora ya no tenemos que pasar por el Mapocho o esperar la noche en Santiago para ver la triste situación de aquellos que lo han perdido todo. Es cosa que el lector pase por la Alameda entre los metros Estación Central y ULA para que se percate que en el bandejón central hay unas decenas de carpas armadas, o que camine en la calle Estado hacía San Antonio, para que vea que los árboles son baños y que las fachadas de los bancos son dormitorios de familias completas y peor aún, niños pidiendo dinero o acompañando a sus padres en la venta de alguno que otro producto.

Esa apatía la puedo entender de las personas de a pie, pero cuando las autoridades no hacen más que pasar de largo y evadir el tema, la situación se vuelve a lo menos peligrosa. Peligrosa porque en este sentido las autoridades son los responsables del bienestar de la comunidad, pero tienen discapacidad que no les permite ser aptos para sus cargos. Discapacitados ¿por qué? Porque son ciegos, sordos y tienen movilidad reducida.

La indigencia ya no es un tema excepcional de los años noventa, y lamentablemente tampoco constituye una excepcionalidad de nuestro avanzado desarrollo económico ni menos queda relegado a las comedias mexicanas. Se ha vuelto parte del paisaje y se camufla con los sinfines de problemas que actualmente estamos viviendo como sociedad y más aún en este año 2020 el annus horribilis, pero imposible y atenta contra toda lógica, que algo que crece día a día pase desapercibido, porque lo esencial NO es invisible a los ojos.

Rodrigo Esteban Barrera
Administrador público
Máster en Gerencia y Políticas Públicas
Docente del Instituto Profesional Providencia