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Cuando los incendios son controlados y los equipos de emergencia se retiran, comienza un proceso silencioso y profundo que afecta a miles de familias en la zona sur del país. Lejos del foco mediático, el shock, el miedo persistente y el duelo por todo lo perdido se convierten en una nueva emergencia: la emocional.
Pérdida de hogar y memoria
En minutos, hogares completos se reducen a cenizas. Con ellos desaparecen fotografías, objetos heredados, mascotas y espacios íntimos que construían identidad. La emergencia visible se contiene, pero la emocional permanece mucho más allá del incendio.
Especialistas advierten que este impacto psicológico continúa siendo una dimensión subestimada en la gestión de desastres. “En emergencias de gran escala, el daño emocional suele quedar en segundo plano frente a la urgencia operativa. Pero sin un acompañamiento psicológico sostenido, la reconstrucción material termina siendo incompleta”, señala Rodrigo Durán. El académico agrega que “lo que debemos entender es muy sencillo, pero a la vez complejo: Reconstruir casas es urgente, pero reconstruir la salud emocional de las personas es imprescindible”.
Un duelo distinto y más profundo
Los incendios arrasan con lo más íntimo. No solo se pierde infraestructura; se pierde biografía. En las primeras horas predominan el shock y la desorientación, mientras que semanas después emergen ansiedad, irritabilidad, insomnio, culpa y síntomas depresivos. Niños con temor a dormir o adultos mayores reacios a dejar terrenos quemados se repiten en las zonas afectadas.
“El riesgo no termina cuando se apagan las llamas. Desde la perspectiva de la comunicación de crisis, el acompañamiento post-emergencia es clave para evitar una segunda catástrofe: la emocional”, explica Durán.
Reconstrucción lenta y efectos prolongados
La incertidumbre posterior profundiza el trauma. Procesos de limpieza, trámites para acceder a ayudas y la lenta reconstrucción generan agotamiento y desesperanza. Muchas familias continúan en viviendas transitorias, lejos de sus comunidades y con la vida suspendida.
Durán advierte que “cuando la respuesta institucional no logra entregar certezas claras, se amplifica la sensación de abandono. En comunicación de riesgo, la claridad, la presencia y la escucha son tan importantes como los recursos materiales. Las catástrofes destruyen territorios. Pero también ponen a prueba la capacidad de un país para cuidar a su gente después de la tragedia”.
Falta de políticas robustas en salud mental
Aunque existen protocolos de contención inmediata, Chile carece de una política sostenida de acompañamiento psicológico post-catástrofe. El apoyo depende de municipios, voluntariados o equipos universitarios, con cobertura limitada. Con desastres climáticos cada vez más frecuentes, expertos insisten en fortalecer la preparación emocional de las comunidades. “Las catástrofes ya no son eventos excepcionales. Son parte del nuevo escenario climático. Integrar la salud mental en la planificación de riesgos no es opcional: es una necesidad estructural”, subraya el académico.
Resiliencia colectiva, no individual
Aun así, emergen redes de solidaridad. Vecinos que se apoyan mutuamente y escuelas que ayudan a niños a recuperar seguridad. Sin embargo, los especialistas coinciden en que la resiliencia no puede recaer solo en la voluntad individual: requiere políticas públicas, financiamiento y equipos especializados. Aunque las cenizas se enfrían, las heridas emocionales siguen abiertas.