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Los niños y la guerra

Mario Valdivia
Mario Valdivia

Los estudios demuestran que el ser testigos, aunque sea de una forma indirecta a través de los medios de comunicación de escenas de violencia, destrucción o muerte genera niveles de angustia y sufrimiento en niños, niñas y adolescentes. Los mismos estudios describen que los niños entre ocho y doce años distinguen plenamente la realidad de la ficción en las series de televisión y, por lo tanto, entienden que lo que ven en noticias y en reportajes son cosas que están sucediendo, lo que les genera angustia, miedos y tensión. De hecho, uno de los factores necesarios para el surgimiento del trastorno de estrés postraumático es el ser testigo, aunque sea de un modo indirecto, a través de los medios de comunicación de noticias de daño y destrucción que afecten la vida y la seguridad de las personas, especialmente de otros niños.

Esto se hace aun más severo cuando la exposición es en redes sociales, donde las imágenes son sin censura y particularmente crudas y violentas, lo que genera un mayor impacto en los niños y adolescentes.

La exposición a este tipo de imágenes puede generar en los niños, niñas y jóvenes sensaciones de inseguridad, temor, síntomas ansiosos importantes y síntomas de angustia, particularmente en las niñas, y alteraciones conductuales en los varones. Por otra parte, observar esta destrucción en otros lugares genera esta suerte de sensación de inseguridad en el mundo, que surge no solamente ante la violencia, sino que también por el cambio climático o el riesgo de desastres.

Todos esos aspectos van produciendo en los jóvenes una sensación de poca confianza que pone en riesgo la seguridad básica necesaria para el desarrollo. Los niños y las niñas en su proceso de desarrollo requieren sentir seguridad, estabilidad y, por lo tanto, las vivencias de amenaza -aunque sucedan a miles de kilómetros-, las pueden experimentar como cercanas y reales, son peligrosas y deben ser abordadas en conjunto con los adultos.

Evidentemente, la guerra está sucediendo, es algo que pasa y, por lo tanto, no podemos ignorarla. Nadie plantea que no deba existir comunicación acerca de lo que sucede; lo que se pide es que la comunicación sea de un modo responsable y no sensacionalista. Uno esperaría que, así como la televisión no puede emitir programas con contenido sexual ante las 10 de la noche, que también hubiese una suerte de edición de las características de las noticias que se comunican.

Junto a esto, se espera que los niños consuman televisión en compañía de los padres y que lo que ven sea conversado y discutido. No, como muchas veces ocurre, delegar a la televisión la función de entretener, cuidar o educar a nuestros hijos. El ver televisión, particularmente las noticias, en compañía de nuestros hijos nos permitirá analizar, conversar, ver qué le pasa al niño con lo que ve, ayudarlo a aclarar dudas, romper mitos y re-segurizar. Esto no es ocultar la verdad, es generar una respuesta tranquila y segurizante en torno a lo que está pasando.

En los medios de comunicación y las redes sociales la inmediatez hace que las barreras tiendan a desaparecer y el riesgo está en que los niños viven con una sensación de cercanía o inminencia en relación a peligros que, en rigor, son lejanos geograficamente, incluso en otros continentes. Esta sensión de cercanía frente a sucesos distantes genera una inseguridad mayor a la que sería razonable.

Pero también el conocer la realidad ofrece una oportunidad de crecimiento y aprendizaje. El abordaje serio y responsable de estas informaciones permite hacerles entender que el sufrimiento, el dolor, pero también la felicidad, pueden existir en todos los lugares y que, por lo tanto, los niños que viven en Gaza o en Ucrania son niños y niñas también, más allá de las barreras de naciones o razas.

Se requiere un trabajo constante por parte de padres y madres, educadores, y otros adultos encargados de la crianza y formación; ayudar a generar el balance que permita desarrollar empatía, la comprensión, pero en un ambiente segurizante y tranquilizador. Evidentemente, existe el riesgo de que el niño, en el proceso de empatizar, pueda sentirse muy identificado y temer que esto le va a pasar a él, cuando afortunadamente, Chile es un país que no está en guerra. Por lo que hay que estar muy atentos a las señales de los niños y niñas para que la empatía no genere una sobre involucración.

Por otra parte, tenemos que enseñar a los niños la resolución pacífica de conflictos y, en ese sentido, la guerra no debe ser validada. Abanderizarse por uno u otro bando es una forma de validar la guerra, por lo que se debe intentar una aproximación hacia las personas, la humanidad, hacia los otros niños. Es muy necesario entender que el sufrimiento es igual para niños israelíes y palestinos; entender que no importa cuál sea tu denominación religiosa, cuál sea la nacionalidad a la que perteneces o grupo étnico, el sufrimiento existe por igual.

La invitación hoy es a ser respetuoso con las creencias de cada uno, no validar la guerra ni la agresión y a enseñar que existen otros mecanismos para resolver los conflictos. Hay que permitir a los niños hablar, escuchar cuáles son sus miedos, temores, pensamientos y después abordar en conjunto con el niño o la niña las emociones, más allá de quién tiene la razón o cuál es el bando correcto. De esta forma, no se trata de esconder la realidad, lo que resulta imposible en estos tiempos, sino ayudarles a procesarla, elaborarla, aportando siempre el entorno segurizante necesario para un sano desarrollo.

Mario Valdivia
Psiquiatra infantil
Director de Sopnia